¡Hola, mundo!

botepildora

Empezar un blog se parece un poco a lanzar al mar un mensaje en una botella. Solo que contamina menos y no tienes que pimplarte primero algo que no te gusta solo porque la botella es muy mona. Porque, pese a que desconozco la ceremonia y protocolo del lanzamiento al mar de botellas con mensaje, estoy casi segura de que si algún día lo hiciera pensaría primero en la botella. Que fuera muy mona. Y luego ya, en el mensaje. Total, nadie me asegura que vaya a ser recibido y leido antes del milenio que viene. Al menos, si pierde actualidad el mensaje, que llegue en un bonito envoltorio.

Me agobiaría mucho pensando en si el tapón es seguro o entrará agua y arruinará el papel (bonito también, claro). O si en los próximos días y semanas, las corrientes marinas arrastrarán mi botella hacia algún lugar remoto y no habitado. O remoto y habitado pero analfabeto. O remoto, habitado, ilustrado, pero desconocedor de mi idioma. O, peor aún, que no haya corrientes y la botella se quede ahí, a mis pies. Una bonita botella, herméticamente cerrada y firmemente parada junto a mi, en la orilla. Sin intención alguna de que nos separemos. Conteniendo en su (bonita) barriga un mensaje que ya conozco y que ni siquiera me parecerá ingenioso en ese momento. Y convirtiendo el romántico instante de lanzar un mensaje a la inmensidad del mar, en un mundanal acto de simple contaminación ambiental. Y todo por un azar meteorológico que no aspiro a comprender.

Mucho mejor un blog. Dónde va a parar.